Con un rico legado rural, Rumania todavía contiene profundos pozos de mitología. Incluso durante el período comunista, los rumanos siguieron creyendo en una panoplia de seres sobrenaturales, como hadas, brujas, duendecillos y vampiros.

Estas creencias se remontan a muy atrás en la historia. A menudo estaban relacionadas con la necesidad de disfrutar de buen tiempo para cultivar las cosechas, pero también con el miedo a lo desconocido y mas pragmáticamente, con la necesidad de mantener cohesionado al grupo. Muchas de estas creencias fueron incorporadas por la corriente principal del cristianismo ortodoxo (así por ejemplo, los símbolos paganos del sol y la luna, o los del zodiaco presente en muchas iglesias). La mitología precristiana también sobrevivió por su cuenta. El chamanismo, practicado en el país ya en el quinto mileño a.C. no murió hasta mediados del siglo XX.

En Maramures y las montañas del norte de Transilvania pervive el mito de Fata Padurii (Muchacha del Bosque). Irresistiblemente atractiva, Fata Padurii atrae a sus brazos a cualquier pastor solitario. Y en cuanto este sucumbo o morir. Es una poco velada advertencia para asegurarse de que los pobres hombres nunca se aparten de su deber (el rebaño es de todo el pueblo). Otra creencia sostiene que es peligroso dejar que se extinga el fuego del redil, que debe estar encendido desde abril hasta octubre. En algunas zonas, Omul Noptii (el hombre de la noche) actúa como contrapunto a Fata Padurii: castiga a las mujeres malas, poniendo de algún modo coto a los desmanes de Fata Padurii.

Miorita, otra historia de pastores, es uno de los mitos rumanos más conocidos. Las incontables variantes del mito comparten un argumento básico: dos pastores celosos conspiran para asesinar a su amigo y robarle sus ovejas. Uno de los corderos lechales (Miorita) de la victima los oye por casualidad. En el poema, su balido advierte al buen pastor del peligro que corre, para que pueda escapar. Pero en vez de hacerlo, este se declara dispuesto a morir antes que abandonar el rebaño. Este relato se transmitió por tradición oral hasta la década de 1860, cuando se publico una versión escrita. Se ha interpretado como una alegoría de la temprana adopción rumana del cristianismo.

Desde una perspectiva más occidental el mito más famoso de Rumania el del conde Drácula. Este vampiro ficticio se urdió sobre la creencia muy extendida en el este de Europa, de que las animas atormentadas podían regresar de entre los muertos y sobrevivir de la sangre que chupaban a los vivos. Las historias de vampiros eran moneda corriente en Rumania y en las vecinas Bulgaria y Serbia. Después de la publicación en 1897 de la novela de Bram Stoker, Drácula se convirtió en un personaje cinematográfico, transformando a Rumania en sinónimo del personaje ficticio. Sin embargo, el Drácula de la novela original, un aristócrata húngaro, no se corresponde con el mito rumano, ni con el personaje real de la historia. El Drácula histórico fue un príncipe de Muntenia: Vlad III Drácula, también llamado Tepes (el empalador), supuestamente nacido en la ciudad transilvana de Sighisoara. Su nombre significa “hijo de Drácula” o “el Dragón” que a su vez proviene de un titulo que a su vez el proviene de un titulo con el que Segismundo de Luxemburgo distinguió a su padre, Vlad II, cuando fue a pedir socorro al sacro emperador de Roma en sus pretensiones al trono de Muntenia.

En general, los rumanos, lejos de ofenderse con los falsos clichés sobre Drácula al uso, los aprovechan como una parte muy lucrativa de su industria turística.